La oscura verdad detrás de la obsesión masculina con la testosterona
Una creciente obsesión con los niveles elevados de testosterona ha tomado fuerza entre ciertos sectores masculinos, impulsada en gran medida por figuras influyentes de la llamada "manósfera" y movimientos como Make America Healthy Again (MAHA). Lo que antes se consideraba un tratamiento médico para hombres mayores con deficiencia hormonal se ha convertido en una tendencia de optimización personal, donde hombres jóvenes y sanos buscan elevar sus niveles de testosterona por medios naturales o sintéticos, muchas veces sin supervisión médica.

Este fenómeno ha llevado a que algunos hombres comparen sus análisis de sangre con la misma intensidad con la que miden sus avances en el gimnasio. Mark Holman, un entrenador de salud de 33 años originario de Nueva Orleans, es un ejemplo de esta nueva mentalidad. Tras sentirse decaído y sin deseo sexual en 2021, descubrió que su nivel de testosterona era de 622 nanogramos por decilitro (ng/dL), dentro del rango considerado normal. Sin embargo, no se conformó: comenzó una rigurosa rutina alimenticia, con suplementos como zinc, fenogreco y tongkat ali, además de entrenamiento intensivo. Para marzo de 2025, sus niveles habían subido a 1104 ng/dL, muy por encima del promedio (350-800 ng/dL) y cercanos al límite de lo que el cuerpo puede alcanzar de forma natural.
Entre la salud y la obsesión
La terapia de reemplazo de testosterona (TRT) fue diseñada originalmente para tratar la deficiencia hormonal en hombres mayores, especialmente entre los 50 y 60 años. Hoy, clínicas en línea y campañas en redes sociales promueven esta terapia como una forma de "recuperar la vitalidad" y "volver a ser el héroe de tu propia vida", llegando incluso a ofrecer tratamientos de por vida tras una sola prueba. En Estados Unidos, más de 11 millones de hombres recibieron recetas para TRT en 2024, frente a 7.3 millones en 2019, según datos de IQVIA.
Si bien algunos hombres reportan mejoras reales en energía, estado de ánimo y libido, especialistas advierten sobre los riesgos. La TRT puede suprimir la producción natural de testosterona, causar infertilidad temporal, reducir el tamaño testicular y aumentar el riesgo de calvicie o rigidez tendinosa. Además, al interrumpir el tratamiento, muchos experimentan un deterioro emocional y físico, ya que la terapia estimula la señalización de dopamina en el cerebro.
Una cultura de comparación y competencia

- Figuras como Joe Rogan y el secretario de Salud estadounidense Robert F. Kennedy Jr. han hablado públicamente sobre su uso de TRT, otorgándole mayor visibilidad.
- El neurocientífico Andrew Huberman ha vinculado la testosterona con una mayor disposición al esfuerzo y a enfrentar el miedo, reforzando la idea de que esta hormona es clave para la masculinidad.
- En foros y redes sociales, términos como "T-maxxing" (maximizar testosterona) y perfiles como @moreplatesmoredates promueven una cultura donde los niveles hormonales se convierten en una medida de estatus.
Algunos expertos, como el doctor Ryan Dobs, investigador de la Universidad Johns Hopkins, señalan que la TRT no está mal por sí misma, pero debe usarse con precaución y solo bajo supervisión médica. La patologización de niveles normales en hombres jóvenes puede llevar a decisiones arriesgadas en nombre de una masculinidad idealizada.
El descenso generalizado en los niveles de testosterona en las últimas décadas —atribuido principalmente a la obesidad, sedentarismo y mala calidad del sueño— ha sido politizado por sectores conservadores, que lo vinculan con el debilitamiento cultural. Documentales como *El fin de los hombres*, del expresentador de Fox News Tucker Carlson, promueven prácticas extremas como la exposición testicular al sol ("bromeoterapia") o el consumo de huevos crudos para elevar la hormona.
En casos extremos, la obsesión ha llevado a comportamientos inusuales, como la sospecha de un hombre trans de que su compañero de piso le robaba inyecciones de testosterona para ganar masa muscular rápidamente. Este relato, compartido en un podcast, refleja cómo la hormona ha dejado de verse solo como un tratamiento médico y se ha convertido en un atajo perseguido en una cultura obsesionada con la mejora constante del yo.
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