Este moho sin cerebro aprende y decide como un humano
Un organismo unicelular sin cerebro está desafiando las nociones tradicionales sobre la inteligencia. El *Physarum polycephalum*, un moho mucilaginoso que crece en ambientes oscuros y húmedos como troncos en descomposición, ha demostrado ser capaz de aprender, recordar y tomar decisiones complejas a pesar de carecer de sistema nervioso. Este hallazgo, que lleva años sorprendiendo a científicos de distintas disciplinas, sugiere que la inteligencia puede existir en formas muy diferentes a las que conocemos en animales y humanos.
Un organismo simple con capacidades asombrosas
El *Physarum polycephalum* es una célula gigante en constante movimiento, formada por una red de tubos que se expanden y contraen mientras el organismo busca alimento. Aunque no tiene cerebro, puede resolver problemas como encontrar el camino más eficiente entre fuentes de alimento, incluso replicando la eficiencia de redes de transporte humanas. Un experimento emblemático realizado en 2010 por el biólogo japonés Toshiyuki Nakagaki mostró cómo el moho, al colocar fuentes de alimento en puntos que simulaban ciudades alrededor de Tokio, trazó una red casi idéntica a la del sistema ferroviario japonés.
Este comportamiento atrajo la atención de Karen Alim, física teórica de la Universidad Técnica de Múnich, quien ha dedicado años a estudiar cómo el flujo interno de fluidos dentro del moho puede ser la clave de su capacidad cognitiva. Sus investigaciones revelan que el organismo responde al entorno mediante cambios en el flujo citoplasmático: cuando encuentra alimento, los tubos cercanos se ablandan y se expanden gracias a la presión del líquido interno; si detecta estímulos desagradables como sal o luz, las paredes de los tubos se endurecen y el flujo se redirige. Esta dinámica permite al moho moverse, evitar peligros y optimizar su estructura.
Cómo el flujo de líquido almacena memoria
- Los tubos del moho no responden inmediatamente al flujo, sino con un ligero retraso. Este desfase provoca que los tubos más eficientes —aquellos mejor alineados con fuentes de alimento— se fortalezcan con el tiempo, mientras que otros desaparecen.
- Este proceso natural genera una red altamente eficiente, comparable a una red de transporte optimizada.
- Para Alim, esta capacidad de reorganización es una forma de memoria: el moho “recuerda” dónde ha encontrado alimento porque su estructura física refleja esas experiencias.
Además, investigaciones recientes muestran que el moho puede mantener patrones de contracción incluso después de que el estímulo desaparece. En un experimento, un moho siguió moviéndose en una dirección para evitar una fuente de luz que ya no estaba presente, lo que sugiere una persistencia en la memoria del entorno.
Inteligencia colectiva y aprendizaje social
Audrey Dussutour, bióloga del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, ha demostrado que el moho mucilaginoso puede aprender de forma individual y colectiva. Al exponerlo repetidamente a pequeñas cantidades de sal —una sustancia que normalmente evita—, el organismo reduce su tiempo de cruce, indicando un proceso de habituación. Lo más sorprendente es que este aprendizaje se mantiene incluso después de un periodo de inactividad, como si hubiera consolidado un recuerdo.
Además, el moho puede aprender de otros. Estudios muestran que se acerca a individuos que tienen acceso a alimento y evita a los que están en estrés o hambre. Incluso muestra preferencia por los más jóvenes, posiblemente por su mayor vitalidad. En casos extremos, mohos viejos que se fusionan con ejemplares más jóvenes pueden recuperar actividad, como si rejuvenecieran.
Tanya Latty, ecóloga conductual de la Universidad de Sídney, señala que gran parte de lo que se sabe proviene de laboratorio, y aún se desconoce cómo se comporta el moho en su hábitat natural. Su capacidad de ramificación y contracción podría estar ligada a su necesidad de acumular recursos para reproducirse, pero qué tanto depende de su forma gigante para mostrar inteligencia sigue siendo una pregunta abierta.
Lo que queda claro es que el *Physarum polycephalum* desafía la idea de que la cognición requiere un cerebro. A través de flujos de líquidos, patrones de contracción y señales químicas, este humilde organismo demuestra que la inteligencia puede surgir de mecanismos mucho más simples y distribuidos de lo que se imaginaba.
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