Cómo la guerra transforma los sonidos cotidianos en pesadillas
En las ciudades del Golfo, un portazo o el rugido de un auto deportivo ya no son simples ruidos urbanos. Lo que antes se filtraba inconscientemente como parte del ambiente ahora despierta una alerta interna. A medida que las tensiones geopolíticas y los conflictos armados se intensifican en Oriente Medio, muchos residentes reportan una creciente sensibilidad auditiva, donde sonidos cotidianos se perciben como posibles amenazas. Este fenómeno, lejos de ser una exageración, es una respuesta neurológica conocida como hipervigilancia, que el cerebro activa como mecanismo de supervivencia ante entornos percibidos como inseguros.

El cerebro en modo de alerta constante
La hipervigilancia es una condición en la que el sistema nervioso central se mantiene en estado de máxima alerta, escudriñando el entorno en busca de señales de peligro. Psicólogos y neurólogos explican que, tras exposición prolongada al estrés o al trauma, el cerebro deja de filtrar automáticamente los ruidos de fondo. En su lugar, los interpreta como posibles indicios de amenaza. Un portazo, el paso de un helicóptero o incluso una ráfaga de viento fuerte pueden desencadenar una respuesta fisiológica inmediata: aumento del ritmo cardíaco, tensión muscular y liberación de cortisol, la hormona del estrés.
“Nuestro cerebro, en su intento por protegernos, aprende a interpretar cualquier sonido repentino como potencialmente peligroso”, explica Hiba Salem, psicóloga clínica con experiencia en contextos de conflicto como el Líbano. Este mecanismo, aunque útil en situaciones de riesgo real, se vuelve problemático cuando se activa de forma constante, incluso en entornos teóricamente seguros.
De la supervivencia al agotamiento

- La exposición crónica al estrés altera la red del locus coeruleus-norepinefrina, responsable de regular el estado de alerta.
- Esta alteración hace que el cerebro sea más reactivo a estímulos sonoros, incluso cuando no representan una amenaza real.
- Con el tiempo, esta sobreactividad puede derivar en trastornos como la hiperacusia, una condición en la que los sonidos cotidianos se perciben como dolorosos o insoportables.
El Dr. Manio von Maravic, neurólogo del Centro Alemán de Neurociencias en Dubái, señala que el trauma modifica la forma en que el cerebro procesa el sonido. “Las personas comienzan a reaccionar emocionalmente a ruidos que antes no les afectaban. Incluso alertas de seguridad, como las que se emiten en los Emiratos Árabes Unidos durante interceptaciones de misiles, pueden provocar respuestas de sobresalto intensas”, explica.
Recientemente, las autoridades de los EAU ajustaron los tonos de su Sistema Nacional de Alerta Temprana para reducir su intensidad durante la noche y al final de la alerta diurna. Esta medida, según los expertos, podría ayudar a mitigar las respuestas de estrés en personas ya hipervigilantes.
La normalización del miedo
Para quienes han vivido en zonas de conflicto prolongado, como el Líbano, Siria o Palestina, esta hipersensibilidad auditiva no es nueva. Es parte de una realidad que se ha vuelto cotidiana. Houri Elmayan, residente en el Líbano y madre de una niña de cuatro años, cuenta que evita salir de casa por temor a exponer a su hija a los sonidos de los bombardeos. “Aunque viva en una zona tranquila, el miedo está siempre presente. Vas a la peluquería, pasas por el centro comercial, pero todo el tiempo piensas: ¿y si sucede algo? ¿Y si quedamos atrapados?”, relata.
En estas regiones, la hipervigilancia se ha convertido en una norma social. Tanto es así que identificar cuándo esta respuesta natural se transforma en un trastorno mental puede ser difícil, incluso para profesionales de la salud. “Cuando el miedo constante se normaliza, muchas personas ni siquiera se dan cuenta de que están sufriendo”, advierte Salem.
Señales de alarma
Según el Dr. von Maravic, ciertos grupos, como veteranos de guerra o jóvenes criados en zonas de conflicto, son especialmente vulnerables. Algunas señales de que la sensibilidad al sonido puede estar afectando la salud mental y física incluyen:
- Dolor o molestia intensa ante sonidos comunes, como cláxones o música ambiental.
- Insomnio o interrupciones frecuentes del sueño por ruidos leves.
- Dificultad para concentrarse en entornos ruidosos.
- Evasión de lugares públicos o situaciones sociales por temor a estímulos auditivos.
- Ansiedad persistente o episodios de pánico desencadenados por ruidos repentinos.
Reentrenar el cerebro
Los especialistas coinciden en que reconocer la hipervigilancia como una respuesta natural al trauma es el primer paso hacia la recuperación. “En contextos de inestabilidad prolongada, mantenerse en alerta máxima es comprensible. El problema surge cuando esta respuesta persiste y afecta la calidad de vida”, afirma Rasha Bayoumi, profesora de psicología en la Universidad de Birmingham Dubai.
La gestión de estos síntomas comienza con rutinas estables: mantener horarios regulares de sueño, limitar la exposición a noticias violentas o contenido en redes sociales, y fomentar conexiones sociales de apoyo. Técnicas como la respiración consciente, la meditación y la terapia cognitivo-conductual también pueden ayudar a calmar el sistema nervioso.
Sin embargo, cuando los síntomas interfieren con las actividades diarias, el apoyo profesional es esencial. “El objetivo no es eliminar el miedo, sino ayudar al cerebro a distinguir entre lo que es una amenaza real y lo que es simplemente ruido de fondo”, concluye Bayoumi. Para muchos, la tarea no es callar el mundo, sino reaprender a escucharlo.
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