En Irán, el deporte no se escapa de la política
La selección iraní de fútbol llegó a su debut en la Copa del Mundo 2026 en medio de una serie de circunstancias excepcionales. El torneo se desarrolló bajo la sombra de un alto al fuego provisional tras meses de conflicto armado, mientras que el gobierno de Estados Unidos prohibió al equipo permanecer en territorio estadounidense entre partidos, obligándolos a trasladarse a México para sus próximos encuentros contra Bélgica y Egipto.
En el primer partido, Irán empató 2‑2 contra Nueva Zelanda, un resultado que encendió la esperanza de los iraníes, para quienes el deporte siempre ha sido un punto de convergencia entre la identidad nacional y la política. “No me parece justo que el equipo tenga que volar desde México a Estados Unidos antes del próximo encuentro”, declaró el atleta de taekwondo Hi Tiranvalipour, quien hoy forma parte del Equipo Olímpico de Refugiados.
Hi Tiranvalipour: de capitán de Irán al refugio olímpico
Hi Tiranvalipour pasó ocho años como integrante, y en última instancia como capitán, del equipo nacional de taekwondo de Irán, acumulando numerosos títulos nacionales e internacionales. En 2022 abandonó el país, cruzó a Turquía y solicitó asilo en Italia, donde continuó su carrera deportiva y se convirtió en presentador de televisión. Su decisión estuvo motivada por la represión que siguió a sus declaraciones televisivas sobre los derechos de las mujeres iraníes; “Después del programa cerraron todas mis puertas: mi carrera y mi educación quedaron truncadas”, explicó.
Aunque decidió dejar atrás sus medallas y recuerdos, Tiranvalipour no abandonó el deporte. Con el apoyo de Italia, representó al Equipo Olímpico de Refugiados en los Juegos Olímpicos de París 2024, y su experiencia se ha convertido en un ejemplo de la difícil trayectoria que muchos deportistas iraníes deben enfrentar para seguir persiguiendo sus sueños fuera de su país.
El caso de Tiranvalipour refleja una tendencia más amplia: desde la revolución de 1979, los atletas iraníes han sido objeto de un estricto control estatal que ha limitado la participación femenina, disuelto equipos y puesto a la Guardia Revolucionaria a cargo de los estadios. El líder supremo, en 1993, declaró que los deportistas debían “aportar orgullo y honor a la nación”, reforzando la expectativa de que el deporte sirviera como herramienta de propaganda nacional.
Sin embargo, la historia deportiva de Irán está también marcada por momentos de orgullo y resistencia. En 1998, los futbolistas iraníes entregaron rosas blancas a sus rivales estadounidenses antes del Mundial; en 2020, la nadadora olímpica Kimia Alizeh desertó para protestar contra la represión política; y en 2022, la activista Elnaz Rekabi compitió sin hiyab en el Campeonato Asiático, desafiando directamente al régimen.
Otro ejemplo de la lucha por la igualdad de género es Katayoun Khosrowyar, iraní‑estadounidense que llegó a Irán en 2005 para impulsar el fútbol femenino. Tras superar la prohibición de acceso de las mujeres a los estadios y la falta de infraestructura, Khosrowyar logró crear la primera selección nacional femenina y, posteriormente, la juvenil, entrenando a cientos de jugadoras que pasaron de no conocer una pelota de fútbol a competir a nivel internacional.
“Nunca recibimos la atención ni el protagonismo que merecíamos. Siempre tuvimos que romper barreras y convencer a los hombres de que teníamos derecho a jugar”, recuerda Khosrowyar. Su labor evidenció el enorme interés popular: en una prueba de selección se presentaron 25 000 personas, demostrando el deseo latente de que las mujeres formen parte del deporte iraní.
La visibilidad de las deportistas también conlleva riesgos. Tras la muerte de Mahsa Amini en 2022, el movimiento “Mujeres, Vida, Libertad” puso en relieve la situación de las atletas, y varias futbolistas solicitaron asilo durante la Copa Asiática en Australia, aunque la mayoría finalmente regresó a Irán.
El éxodo de talentos no se limita al fútbol. Judocas, ajedrecistas y piragüistas como Saeid Mollaei, Alireza Firouzja, Saman Soltani, Kasra Mehdipournej y Saeid Fazloula han abandonado Irán para competir bajo la bandera del Equipo Olímpico de Refugiados o representar a otros países, motivados por la presión de perder combates contra rivales israelíes o por la censura política.
Según el profesor Sean Sri, de la Universidad de Alabama, al menos 69 atletas de élite han emigrado de Irán entre 1979 y 2024, evidenciando una “fuga de talento” impulsada tanto por la represión política como por la falta de recursos. Las sanciones internacionales y la reciente guerra han agravado la situación: se reporta que más de 200 instalaciones deportivas fueron destruidas por bombardeos, incluida la completa demolición del pabellón cubierto Azi, con capacidad para 12 000 espectadores.
En medio de estas tensiones, el Mundial de 2026 se celebra en Estados Unidos, que recientemente anunció un acuerdo de paz provisional con Irán, aunque persisten restricciones migratorias y de entrada para ciudadanos de varios países. Para Khosrowyar, ahora residente en Estados Unidos, el torneo representa “más que un evento deportivo; es una oportunidad de demostrar que el deporte puede ser un puente de paz”.
“He visto a las chicas esforzarse más que nunca. Hay guerra, pero seguimos entrenando; nada nos detiene”, afirma. Tiranvalipour resume la esperanza de muchos: “El deporte debe traer paz a la gente, eso es lo más importante”.
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