Lo más macabro de esta película de terror no es su violencia brutal, sino el retrato que hace de internet
“Para adaptar Faces of Death a la era moderna, hay que reconocer que el fenómeno está presente en todas partes”, declaró el director Daniel Goldhaber.

En 1978, el cineasta John Alan Schwartz presentó Faces of Death, una producción de bajo presupuesto que se vendió como un documental macabro en el que un patólogo (interpretado por un actor) mostraba una supuesta colección de imágenes snuff, mayoritariamente falsas. A pesar de la falsedad de sus escenas, el filme se convirtió en un éxito de VHS, atrayendo a un público ansioso por “comprobar” la realidad de los crímenes mostrados.
Casi cinco décadas después, la violencia real circula sin filtros en internet, y Goldhaber, junto a la guionista Isa Mazzei, han concebido una reinterpretación del clásico. La nueva Faces of Death es un thriller de terror protagonizado por Barbie Ferreira, quien interpreta a Margot, una moderadora de contenido en una app de videos sociales similar a TikTok. Margot descubre lo que cree que es un asesino en serie que publica videos de asesinatos reales inspirados en escenas de la película original.
Una nueva versión de un clásico controvertido
Goldhaber se basó en su propia experiencia breve como moderador de contenidos en una start‑up de redes sociales. “El feed se colonizó rápidamente por amantes del snuff y de pornografía infantil. Pasaba horas lidiando con material espantoso”, recordó.
Según él, ese tipo de contenido “aparece en mi feed todos los días”, desde la guerra en Gaza hasta asesinatos de activistas en Minneapolis, influyendo de manera inevitable en la mentalidad y la política de la gente.
Isa Mazzei contó a WIRED que su primer contacto con imágenes violentas fue el día del 11‑S, cuando era estudiante de primaria y vio a personas saltar desde el World Trade Center. “Desde entonces, la exposición solo empeoró: decapitaciones, suicidios, sitios como Rotten.com. Ahora, al abrir Instagram o TikTok, el algoritmo me muestra ese contenido sin que yo lo busque”.
Ambos coinciden en que el scroll infinito potencia este fenómeno. “El algoritmo sabe que voy a detenerme unos milisegundos más en contenido perturbador que en algo alegre. Mi sistema nervioso necesita más tiempo para desconectarse”, señaló Mazzei.
Antes de Faces of Death, Goldhaber dirigió la película de terror Cam y el thriller ecológico How to Blow Up a Pipeline. Con Mazzei vio la oportunidad de explorar el impacto social del snuff digital. Mazzei y la investigadora Paris Peterson se encargaron de localizar y adquirir los derechos de breves fragmentos reales de noticias y material de redes sociales que aparecen a lo largo del filme. “Pasamos horas revisando imágenes, a veces quedándonos inmóviles, mirando fijamente. No dejé de sentirme afectada; me acostumbré a estar traumatizada a diario. Vivimos con un nivel de ansiedad, alienación y estrés que ahora consideramos normal”, afirmó Mazdzi.
El uso de imágenes reales no es una novedad. Las primeras fotografías de guerra sirvieron como denuncia social al mostrar los horrores del combate. “La diferencia es que antes el contenido era curado por personas; hoy bots extraen, remixturan y publican sin control, sólo para generar interacción”, explicó Mazdzi.
Esta interacción alimenta a los gigantes de Silicon Valley. “Cada tiroteo masivo, la gente revisa su teléfono y sigue cada detalle. Facebook vende anuncios. Ni siquiera sé cuánto dinero ganó la industria con la muerte de Charlie Kirk, pero su fallecimiento disparó seguidores y publicidad relacionada”, comentó Goldhaber, con un suspiro.
En la trama, mientras Margot persigue al creador de los escalofriantes videos, se enfrenta a Arthur, interpretado por Dacre Montgomery. Arthur es un “troll” con una visión pesimista del sistema, dispuesto a explotarlo para llamar la atención. “Dale a la gente lo que quiere”, resume su mantra, reflejando la lógica de las plataformas.
Margot, por su parte, aspira a cambiar internet para mejor, pero su investigación la lleva a comprender que su trabajo es, en realidad, una cortina de humo que oculta la profunda desilusión con un sistema roto.
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