¿Por qué no olvidamos cómo andar en bicicleta? El secreto está en la memoria procedimental
Una vez que logramos equilibrarnos sobre los pedales, nuestro cerebro registra esa habilidad de forma casi permanente. Por eso, aunque a veces se nos escapen detalles como el nombre del protagonista de la última película vista o el almuerzo que tomamos ayer, montar en bicicleta rara vez se nos olvida.

La clave de esta “memoria inoxidable” radica en la forma en que el cerebro almacena los distintos tipos de recuerdos. A diferencia de la memoria declarativa, que guarda hechos y fechas y depende principalmente del hipocampo, la memoria procedimental conserva las habilidades motoras y cognitivas automáticas. Es la memoria de “cómo se hacen las cosas”, y es la responsable de que seguir pedaleando sea tan natural como respirar.
La memoria procedimental y el ciclismo
El estudio de la memoria motriz moderna comenzó con Henry Molaison, conocido como el paciente H.M., quien en 1953 se sometió a la extirpación de una parte del hipocampo para tratar una epilepsia grave. La operación le impidió crear nuevos recuerdos declarativos, pero le permitió aprender nuevas tareas motoras, como dibujar una estrella, mejorándolas con la práctica pese a no recordar haberlas realizado antes. Este caso demostró que existen dos sistemas de memoria independientes: el explícito (hechos) y el procedimental (habilidades como montar en bicicleta), este último sustentado por estructuras cerebrales más antiguas y estables.
Al iniciar el aprendizaje de la bicicleta, la corteza cerebral está muy involucrada. Con la repetición, el control se transfiere a los ganglios basales, encargados de la fluidez de la acción, y al cerebelo, que corrige errores en tiempo real. En esas regiones, la plasticidad neuronal produce circuitos tan resistentes que rara vez se remodelan, a diferencia de recuerdos menos útiles que pueden desvanecerse.
El neurólogo Andrew Budson explica que, una vez que la secuencia motora se automatiza, el cerebro ya no necesita recordarla de forma consciente: la información queda “grabada” prácticamente para siempre.
Además, la memoria procedimental no solo conserva la tarea, sino también el estilo individual con el que la ejecutamos. Un estudio longitudinal publicado en 2013 en la revista Frontiers in Computational Neuroscience entrenó a participantes en una compleja tarea de coordinación bimanual durante dos meses. Las pruebas realizadas seis meses y ocho años después mostraron que los sujetos mantenían su capacidad para ejecutar la tarea y reproducían su “firma” motora personal, como la presión sobre los pedales o el ritmo de balanceo, que permanecen constantes a lo largo del tiempo.
No obstante, el mismo estudio reveló que, si bien la coordinación gruesa se conserva, la precisión fina puede deteriorarse con el tiempo. En la tarea bimanual, la “diafonía intermanual” –la interferencia entre ambas manos– fue la única variable que no se mantuvo después de ocho años. Esto explica por qué un pianista necesita practicar continuamente para preservar su toque, mientras que retomar el ciclismo suele ser mucho más sencillo: la habilidad motora de gran escala perdura, pero la coordinación más delicada requiere práctica regular.
En resumen, la razón por la que no olvidamos cómo andar en bicicleta es que esa habilidad está almacenada en la memoria procedimental, un sistema robusto y automático del cerebro que, una vez consolidado, permanece activo durante toda la vida.
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