El capitalismo tradicional pasó a la historia; lo de hoy es el tecnofeudalismo. ¿Estamos listos?
En una escena de la película *Liga de la Justicia*, Aquaman sube al coche de Bruce Wayne y le pregunta, con la picardía típica de los superhéroes, “¿Cuál era entonces tu superpoder?”. La respuesta de Wayne es tan breve como reveladora: “Soy rico”. Ese intercambio resume, en una frase, la idea central que subyace al concepto de “capital en la nube”: la riqueza se ha convertido en la forma contemporánea de poder, tan decisiva como lo fueron los músculos de Superman o el traje de hierro de Iron Man.

El vínculo entre riqueza y capacidad de mando no es nuevo. Desde la antigüedad, el acceso asimétrico a recursos escasos ha sido la base del poder. Cuando los dorios invadieron la península griega hace más de tres mil años, su ventaja fueron armas de hierro, que les permitieron apropiarse de tierras fértiles y ejercer dominio sobre los micénicos. Ese control de la tierra y de los medios de producción marcó el inicio del feudalismo, donde el señorío terrenal era sinónimo de autoridad.
Del feudalismo al capital: la ruta de la dominación
Con la llegada de los cercamientos en el Reino Unido a finales del siglo XVIII, los campesinos perdieron el acceso a las tierras comunales. La privatización de la tierra obligó a la mano de obra a depender del salario, creando el caldo de cultivo para que el capital –entendido como bienes de producción creados para generar otros bienes– desplazara al poder terrenal. Desde la caña de pescar de Robinson Crusoe hasta las catedrales góticas financiadas por comerciantes medievales, los bienes de capital fueron la herramienta que amplió la capacidad productiva y, a la vez, la violencia potencial de la humanidad.
El punto de inflexión llegó con el capitalismo, que transformó el capital de un mero medio de producción en un instrumento de mando. Un ejemplo ilustrativo es el caso de Thomas Peel, un empresario inglés que, en 1829, partió hacia Australia con tres barcos, 350 trabajadores, semillas, herramientas, 50 000 libras en efectivo (aproximadamente 4,6 millones de libras actuales) y la intención de fundar una colonia agrícola moderna sobre mil kilómetros cuadrados de tierra expropiada a los nativos.
Peel creyó que su “capital” –dinero, bienes de producción y contactos políticos– le garantizaba el control absoluto sobre los colonos. Sin embargo, la abundancia de tierras en Australia Occidental ofreció a los trabajadores la posibilidad de abandonar la labor asalariada, tomar parcelas propias y fundar asentamientos independientes. La “gran renuncia” australiana dejó a Peel con equipamiento y efectivo, pero sin la capacidad de mandar. Karl Marx, citando a Peel, señaló que el colonizador había previsto todo, menos la exportación de las relaciones de producción inglesas al Río Swan.
Esta experiencia demostró que el poder del capital no reside únicamente en su forma material, sino en su “segunda naturaleza”: la facultad de ejercer autoridad sobre la fuerza laboral. La transición del feudalismo al capitalismo, por tanto, supuso un desplazamiento del poder de los terratenientes a los propietarios de bienes de capital, reforzado por la restricción del acceso a la tierra.
En la actualidad, esa capacidad de mando se ha trasladado a una nueva dimensión: la nube. Los asistentes de voz como Alexa de Amazon y el Asistente de Google funcionan como “engranajes” dentro de una vasta infraestructura digital que controla datos, hábitos y deseos de los usuarios. Cuando una persona instruye a Alexa para encender una luz o reproducir música, el dispositivo no solo ejecuta la orden; envía información a servidores remotos que analizan el comportamiento y, a partir de allí, generan recomendaciones, anuncios y contenidos personalizados.
Esta interacción bidireccional crea un bucle de entrenamiento: el usuario alimenta al algoritmo con datos, el algoritmo aprende y comienza a “entrenar” al usuario mediante sugerencias que moldean sus decisiones de consumo. La voz amable del asistente oculta una red algorítmica que, al concentrar la capacidad de influir en millones de consumidores, constituye una forma de capital de mando sin precedentes. Como señaló Yanis Varoufakis, economista y exministro de Finanzas de Grecia, el poder de la nube redefine la relación entre propiedad y control, desplazando la autoridad de los propietarios tradicionales a los gigantes tecnológicos que gestionan esas plataformas.
En síntesis, la frase de Bruce Wayne –“Soy rico”– anticipa la lógica del siglo XXI: la riqueza ya no se limita a la posesión de bienes materiales, sino que se materializa en la capacidad de dirigir flujos de información y de comportamiento a través de la nube. El capital, ahora digital, mantiene la misma esencia que los antiguos señores de la tierra: un acceso privilegiado a recursos escasos que se traduce en poder para mandar.
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