Cómo llegó la ketamina a convertirse en la droga de nuestro tiempo
Desde los laboratorios de la Guerra Fría hasta los tech bros de Silicon Valley, la ketamina se ha convertido en la sustancia que mejor define la época actual. En una entrevista exclusiva, el escritor y periodista cultural Carlo Mazza Galanti, autor de K‑Hole: cómo la ketamina inventó el futuro, nos explica el trayecto de este fármaco, sus usos terapéuticos y su profunda resonancia con la cultura digital y la disociación que caracteriza nuestras vidas.

El auge de la ketamina en la cultura contemporánea
La ketamina, originalmente desarrollada como anestésico en la década de 1960, pasó a la escena pública como parte de los experimentos de control mental del proyecto MK‑Ultra durante la Guerra Fría. En los últimos años, sin embargo, ha emergido como una droga tanto terapéutica como recreativa. Su primera autorización terapéutica llegó en 2019 con Spravato, un aerosol nasal aprobado para tratar la depresión resistente al tratamiento. Recientemente, Francia aprobó su uso intravenoso en casos de depresión con riesgo de suicidio, con la intención de ofrecer un “reinicio” neurológico que desactive los circuitos depresivos.
Lo que distingue a la ketamina de otras sustancias es su potente efecto disociativo. Aunque existen compuestos relacionados —como la fenciclidina (PCP), la metoxetamina (MXE) o el óxido nitroso— la ketamina ha logrado integrarse de forma más profunda en la cultura popular. La disociación que produce, que puede percibirse como una desconexión entre el cuerpo y la mente, refleja la experiencia cotidiana de la mayoría de los usuarios de tecnología: pasar gran parte del día en el ciberespacio, a través de smartphones y ordenadores, mientras el cuerpo queda relegado a un segundo plano.
Esta analogía se vuelve aún más evidente al observar el vínculo de la ketamina con las élites tecnológicas. Elon Musk ha admitido su consumo, y Peter Thiel ha invertido en compañías como Compass Pathways y Atai Life Sciences, que desarrollan terapias basadas en psicodélicos, incluida la ketamina. El “K‑hole”, estado extremo de la experiencia con ketamina, se describe como la sensación de caer en un túnel espacio‑temporal, donde la percepción de la realidad se vuelve onírica y la noción de cuerpo se difumina.
En su libro, Mazza Galanti relata cómo la ketamina se entrelaza con diversos mitos y proyectos de la segunda mitad del siglo XX. Menciona al neurocientífico John Lilly, pionero en la investigación de la comunicación con delfines bajo la influencia de la ketamina, y a Salvor Roquet, un científico mexicano que organizó sesiones terapéuticas con aislamiento sensorial y disociativos, reminiscentes de los experimentos de la Guerra Fría.
Aspectos epistemológicos y transhumanistas

- La ketamina se percibe como una herramienta para “reprogramar” el cerebro, una idea que resuena con la visión de transhumanismo que promueven figuras como Musk y con iniciativas como Neuralink.
- En comunidades queer y trans, la sustancia se explora como medio para alterar la percepción del propio cuerpo y cuestionar normas corporales establecidas.
- El neurocientífico indio V. S. Ramachandran ha señalado que la ketamina puede aliviar el dolor de miembros fantasma, evidenciando su potencial para “reiniciar” circuitos sensoriales dañados.
La relación entre la ketamina y la esquizofrenia también se discute bajo el concepto de “paradigma psicotomimético”. La droga reduce la sensación de agencia y libre albedrío, generando una experiencia pasiva que se compara con los estados paranoides inducidos por la esquizofrenia. Este paralelismo sirve como metáfora de la pérdida de control que muchas personas sienten en una sociedad hiperconectada, donde los algoritmos y las notificaciones dictan gran parte de la experiencia cotidiana.
En resumen, la ketamina ha trascendido su origen médico para convertirse en un símbolo cultural que encapsula la disociación, la búsqueda de “reinicios” neurológicos y la aspiración transhumanista de superar los límites corporales. La obra K‑Hole de Mazza Galanti, con sus sesenta y cuatro capítulos, ofrece una mirada profunda a esta convergencia de historia, ciencia y cultura, posicionando a la ketamina como la droga que define nuestro tiempo.
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