En 2030, la IA consumirá el doble de la electricidad que Francia utiliza actualmente en un año, advierte la ONU
Según un informe publicado por la Oficina de las Naciones Unidas para la Cooperación en Ciencia, Tecnología e Innovación (UNU‑INWEH), la inteligencia artificial (IA) podría duplicar su consumo eléctrico para 2030, alcanzando alrededor de 945 teravatios‑hora (TWh) al año. Esa cifra equivale a casi el 3 % del consumo mundial de electricidad proyectado y representa el doble de la energía que consume Francia en un año.

El estudio, titulado Costo ambiental del uso de energía de la IA: huella de carbono, agua y suelo, advierte que la expansión descontrolada de centros de datos, que son la columna vertebral de la IA, plantea serios retos medioambientales y geopolíticos. Actualmente, los centros de datos del mundo consumieron cerca de 448 TWh en el último año, lo que los sitúa en el undécimo puesto entre los mayores consumidores de energía a nivel global si se consideraran como un país.
Impactos más allá del CO₂
El consumo energético de la IA no se limita a las emisiones de dióxido de carbono. El informe estima que, al inicio de la próxima década, la huella hídrica de los centros de datos podría equivaler al consumo anual de agua potable de los 1 300 millones de habitantes de África subsahariana, mientras que la superficie requerida superaría los 14 500 km², una zona comparable al doble del área metropolitana de Yakarta.
En términos de carbono, se proyecta una emisión acumulada de 400 millones de toneladas en los próximos cuatro años, una cantidad similar a las emisiones anuales totales del Reino Unido. Sin embargo, la mayor parte del gasto energético no proviene del entrenamiento de los modelos, sino de su uso continuo (inferencia), que representa entre el 80 % y el 90 % del consumo total de IA.
Para ilustrar la magnitud, los 2 500 millones de consultas diarias que procesa ChatGPT al año consumen aproximadamente 383 GWh, lo que requeriría la plantación de 2,6 millones de árboles para compensar sus emisiones de CO₂. Esa misma actividad demandaría agua suficiente para 500 000 personas y ocuparía una superficie equivalente a 800 campos de fútbol.
El informe también señala que cambiar a fuentes de energía “más verdes” puede reducir las emisiones de CO₂ en un 70 %, pero a costa de aumentar la huella hídrica en más de 30 veces y la ocupación de suelo en cerca de 100 veces, lo que subraya la necesidad de evaluar la sostenibilidad de la IA desde múltiples perspectivas.
Geopolíticamente, la infraestructura de IA está concentrada en apenas 32 países, y el 90 % de los centros de datos se ubican en Estados Unidos y China. Ambos gobiernos están adoptando estrategias distintas: EE. UU está revisando sus inversiones y políticas energéticas, mientras que China impulsa una autosuficiencia basada en energías renovables, hidrógeno, torio y bismuto, junto con una reforma del mercado eléctrico que obliga a la comercialización de energía solar y eólica mediante subastas.
La creciente demanda de minerales críticos —litio, cobalto, galio y tierras raras— para la fabricación de chips y baterías de IA intensifica la competencia internacional por estos recursos, desplazando parte de la presión ambiental a los países productores, muchos de los cuales se encuentran en el Sur Global.
Principios propuestos para una IA responsable

- Transparencia
- Eficiencia desde el diseño
- Equidad y justicia ambiental
- Responsabilidad a lo largo del ciclo de vida
- Cooperación global
- Uso sostenible
El informe recomienda a los gobiernos integrar la infraestructura de IA en la planificación energética, hídrica y territorial, exigir reportes estandarizados sobre su impacto ambiental y garantizar la participación de las comunidades locales desde la fase de planificación. Asimismo, insta a las instituciones internacionales a armonizar los métodos de medición ambiental, evitar la transferencia de impactos ecológicos entre países y ampliar el acceso a capacidades de computación en regiones actualmente excluidas del desarrollo tecnológico.
Kaveh Mani, director de UNU‑INWEH, reconoce los beneficios que la IA aporta a la calidad de vida, pero enfatiza la urgencia de “desarrollar la revolución tecnológica dentro de los límites planetarios y asegurar que las comunidades que suministran minerales esenciales, albergan la infraestructura y gestionan los residuos electrónicos, también se beneficien”.
Por su parte, Miriam Aczel advierte que “las opciones que parecen más ecológicas desde la perspectiva del carbono a menudo resultan peores para el agua o el suelo”. Tshilidzi Marwala, rector de la UNU y subsecretario general de la ONU, concluye que “el desarrollo de la IA debe gobernarse de forma sostenible y justa; su éxito depende tanto de la tecnología como de la gobernanza”.
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