El riesgo de Alzheimer podría reducirse consumiendo huevo diariamente, sugiere un nuevo estudio
Un estudio publicado recientemente en el Journal of Nutrition ha encontrado una asociación entre el consumo frecuente de huevo y un menor riesgo de desarrollar enfermedad de Alzheimer en personas mayores de 65 años.

Más allá de su reconocido aporte proteico, el huevo contiene nutrientes que previamente se habían relacionado con la salud cerebral: la colina, precursora del neurotransmisor acetilcolina; los carotenoides luteína y zeaxantina, potentes antioxidantes que se concentran en el tejido cerebral; el DHA, un ácido graso omega‑3 esencial para la plasticidad sináptica; y la vitamina B12, cuya deficiencia se ha asociado al deterioro cognitivo.
Resultados del estudio
Los investigadores de la Universidad de Loma Linda (California) analizaron si la ingesta habitual de huevo influía en la incidencia de Alzheimer en adultos mayores. La cohorte incluyó a 39 498 personas de 65 años o más, que fueron seguidas durante más de 15 años. La dieta se evaluó mediante un cuestionario alimentario validado, y al término del seguimiento 2 858 participantes recibieron un diagnóstico clínico de Alzheimer.
El análisis, ajustado por edad, sexo, raza, estilo de vida, comorbilidades y consumo de otros grupos de alimentos, mostró que cualquier nivel de consumo de huevo se asoció con un riesgo menor en comparación con la ausencia total de consumo:
- Consumir huevo entre una y tres veces al mes o una vez por semana redujo el riesgo en un 17 %.
- Consumir entre dos y cuatro porciones semanales disminuyó el riesgo en un 20 %.
- Consumir cinco o más veces por semana se asoció a la mayor reducción, del 27 %.
Es importante subrayar que, al tratarse de un estudio observacional, no se puede establecer una relación de causalidad entre el consumo de huevo y la protección contra el Alzheimer; los hallazgos indican únicamente una asociación.
La enfermedad de Alzheimer es un trastorno neurodegenerativo progresivo caracterizado por la acumulación de placas de beta‑amiloide y ovillos de proteína tau, procesos que alteran la comunicación neuronal, provocan inflamación crónica y conllevan una pérdida gradual del tejido cerebral, afectando la memoria, el lenguaje, la orientación espacial y la capacidad para realizar actividades cotidianas.
En la actualidad no existe una cura definitiva para el Alzheimer, y los tratamientos disponibles solo retrasan algunos síntomas en ciertos pacientes. Por ello, la estrategia más sólida para afrontar la enfermedad se centra en la prevención y en la identificación de factores modificables que puedan reducir el riesgo a largo plazo.
La evidencia científica señala que la actividad física regular, el control de los factores cardiovasculares, la estimulación cognitiva, la interacción social y patrones dietéticos equilibrados pueden influir en la probabilidad de desarrollar deterioro cognitivo y, potencialmente, en la aparición del Alzheimer.
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