Por qué las cuevas pueden ser el mejor lugar para encontrar vida extraterrestre
Una escena digna de la película *Alien* se vivió en 1994 cuando la investigadora Penélope Boston, entonces estudiante de espeleología, descendió a la caverna Lechuguilla, en Nuevo México. Una gota de agua cargada de microorganismos cayó sobre su ojo, obligándola a extraerlos cuidadosamente con pinzas. “Pensé: ‘Estoy casi segura de que algo vivo se me metió en el ojo’”, recuerda Boston, quien hoy es científica de la NASA.

Aunque la experiencia fue dolorosa —terminó con moretones del tamaño de una pizza— la aventura no desanimó a Boston. Al recuperarse, quedó fascinada por los impresionantes formaciones minerales, las salas gigantes y los depósitos de azufre que jamás había visto en la superficie. “Siempre quise ir a otros planetas. No parecía que lo haríamos pronto, pero las cuevas eran mi propio conjunto de planetas bajo nuestros pies”, afirmó.
Las cuevas como laboratorios de astrobiología
Desde entonces, Penélope Boston se ha convertido en una pionera del estudio de cuevas como entornos ideales para la astrobiología, la disciplina que investiga la posibilidad de vida fuera de la Tierra. Lo que empezó como un nicho de investigación ahora es un eje central en la búsqueda de vida extraterrestre y en la planificación de la expansión humana más allá de nuestro planeta.
“La vida en una cueva o en un lago intersticial subterráneo es, hoy, la vía más prometedora para ampliar nuestro conocimiento sobre la vida en el universo”, asegura Joshua Sebree, profesor asociado de astrobiología en la Universidad del Norte de Iowa, especializado en entornos cavernícolas.
Las cuevas terrestres albergan una variedad asombrosa de hábitats: cavernas kársticas de piedra caliza, tubos de lava basáltica, galerías de mármol formadas por glaciares, cuevas submarinas y depósitos de hielo. Son refugios para murciélagos, aves, reptiles y, en la prehistoria, para los propios humanos, que las utilizaban como protección contra depredadores y condiciones climáticas adversas.
Incluso en los rincones más oscuros, donde la luz solar no llega y el aire puede ser tóxico, prosperan ecosistemas basados en la quimiosíntesis, es decir, organismos que obtienen energía de reacciones químicas en lugar de la luz. “Esperaba inicialmente una baja biodiversidad, pero descubrí una biodiversidad extremadamente alta”, comenta Boston, ex‑directora del Instituto de Astrobiología de la NASA.
Este descubrimiento sugiere que la vida podría encontrar refugio en estructuras subterráneas de otros cuerpos celestes, denominadas “cuevas planetarias”.
Ventajas de las cuevas planetarias

- Protección contra la radiación cósmica y las temperaturas extremas de la superficie.
- Posible estabilidad térmica y mayor humedad en profundidad.
- Ambientes aislados donde la vida microbiana podría persistir durante miles de millones de años.
Boston recuerda una predicción de 1992 que sugería la existencia de una biosfera microbiana remanente en las profundidades marcianas. “Esa hipótesis sigue guiando gran parte de la investigación”, sostiene.
Los últimos años han revelado cientos de cavidades subterráneas en la Luna y Marte, y en febrero se anunció el hallazgo de un colosal tubo de lava bajo la superficie de Venus. Además, los científicos consideran que los lagos intersticiales de hielo en lunas como Europa (Júpiter) y Encélado (Saturno) podrían ofrecer entornos habitables, donde la luz solar filtrada y el agua líquida coexistirían bajo una capa de hielo.
“En la Tierra, el entorno más inhóspito para la vida multicelular sería el hielo de la Antártida; sin embargo, en el espacio ese mismo entorno se convierte en una zona protegida del vacío y de la radiación”, explica Sebree.
Para explorar estas cuevas, se están diseñando robots autónomos equipados con espectrómetros capaces de detectar compuestos químicos y trazas de nutrientes que podrían indicar la presencia de vida. Sebree ha utilizado estos instrumentos en la cueva Wind Cave, en Dakota del Sur, y propone adaptarlos a misiones extraterrestres.
“Enviar un espectrómetro a una cueva planetaria es una prioridad alta. Los rovers marcianos ya demuestran que la espectroscopia funciona en la superficie; ahora la llevaremos al subsuelo”, afirma.
¿Podrán las cuevas ser futuros hogares humanos?
Incluso si nunca descubrimos organismos extraterrestres en esas cavidades, las cuevas podrían servir como refugios para futuras misiones tripuladas a la Luna o Marte. Proporcionarían protección contra la radiación y las temperaturas extremas, aunque presentarían desafíos como la falta de luz natural y la necesidad de sellar espacios para crear hábitats presurizados.
“Solo hemos cartografiado entre el 5 % y el 10 % de la Cueva del Viento, y no existe un punto donde podamos cerrar todas las salidas herméticamente. El reto será encontrar un tubo de lava lo suficientemente amplio para erigir una cúpula de presión”, comenta Sebree.
La NASA y otras agencias internacionales ya están evaluando estas posibilidades. Para Boston, la exploración de cuevas extraterrestres representa no solo una vía para buscar vida alienígena, sino también una manera de inspirar al público a valorar la diversidad de los entornos cavernícolas en nuestro propio planeta.
“Como especie, tenemos una larga historia con las cuevas como refugio y lugar de rituales. Explorar las cuevas más allá de la Tierra abrirá un mundo nuevo y fascinante”, concluye.
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