El Hubble observó un disco protoplanetario tan inmenso que desafía lo que creíamos posible
Las estrellas nacen dentro de nubes moleculares, enormes cúmulos de gas frío y polvo que flotan en el espacio interestelar. Durante su proceso de formación, la materia que colapsa genera un disco giratorio de gas y polvo que rodea a la joven estrella; es en este disco protoplanetario donde, con el tiempo, surgen los planetas.
Una de las imágenes más reveladoras de estos discos fue obtenida por el Telescopio Espacial Hubble, que capturó el disco protoplanetario alrededor de la joven estrella TW Hydrae, situada a unos 192 años luz de la Tierra en la dirección de la constelación de Hidra. La fotografía original, tomada con el espectrógrafo de imágenes (STIS) de Hubble, fue procesada para resaltar zonas de sombra que podrían corresponder a un planeta extrasolar en órbita.
IRAS 23077+6707: el “Chivito de Drácula”
Recientemente, Hubble también ha revelado con gran nitidez otro disco protoplanetario, catalogado como IRAS 23077+6707. Debido a su aspecto inusual, los descubridores lo apodaron “Chivito de Drácula”. El nombre surge de dos referencias culturales: Ciprian Berggaa, originario de Transilvania, comparó dos filamentos que se extienden desde el extremo norte del disco con los colmillos del famoso conde; y Ana Mosquera, investigadora uruguaya, asoció el disco con el “chivito”, sándwich típico de Uruguay. Así, el apodo combina la leyenda de Drácula con la gastronomía local.
Para los investigadores de la NASA, la misma estructura —con capas superiores e inferiores de gas y polvo brillantes que envuelven un núcleo oscuro— recuerda a una hamburguesa, mientras que para un argentino podría parecerse a un alfajor. Estas distintas interpretaciones demuestran cómo la percepción del fenómeno depende del observador.
Más allá del curioso nombre, IRAS 23077+6707 destaca por ser el disco protoplanetario más extenso jamás observado. Con un diámetro aproximado de 40 veces el del sistema solar, incluido el Cinturón de Kuiper, el disco se extiende alrededor de 1 600 UA. Se ubica a unos 1 000 años luz de la Tierra, en la dirección de la constelación de Cefeo.
Su masa se estima entre 10 y 30 Júpiteres, lo que lo hace lo suficientemente masivo como para albergar la formación de varios planetas gigantes gaseosos. Algunos autores sugieren que, en su centro, podría ocultarse una estrella masiva y caliente o incluso un sistema binario.
Una de las ventajas de este objeto es que se observa casi perfectamente “de canto” (edge‑on). En esta geometría, la luz de la estrella central queda bloqueada por el propio disco, lo que permite ver la silueta del disco y estudiar su estructura vertical con mayor detalle. El resplandor blanco que rodea la zona central oscura se debe a la dispersión de la luz estelar por el polvo y el gas del disco, un rasgo típico de los discos vistos de canto.
El disco muestra una marcada asimetría entre sus extremos norte y sur. Desde el polo norte se aprecian dos filamentos que recuerdan a colmillos, mientras que en el polo sur no se observan estructuras equivalentes. Además, se han detectado múltiples filamentos que emergen de los lados este y oeste del disco, más extensos que los reportados en otros discos protoplanetarios.
Según Christina Monsch, del Centro Harvard‑Smithsonian de Astrofísica, “IRAS 23077+6707 será un nuevo laboratorio único para estudiar la formación de sistemas estelares y los entornos en los que operan”. El estudio fue publicado en *The Astrophysical Journal* el 23 de diciembre de 2025.
Antes de que Hubble realizara sus observaciones de alta resolución, el telescopio Pan‑STARRS había detectado el objeto en 2024. En aquel momento se pensó que se trataba de una estrella con una temperatura estimada de 8 000 K, ubicada a unos 980 años luz y rodeada por un disco que se extendía unos 1 650 UA. La nueva imagen de Hubble reveló que el disco es mucho más caótico y complejo, desafiando los modelos tradicionales que establecían límites de tamaño y estabilidad para los discos protoplanetarios.
Los procesos de formación planetaria en discos tan gigantes como IRAS 23077+6707 podrían diferir de los observados en sistemas más modestos, aunque los mecanismos fundamentales parecen ser similares. Las imágenes obtenidas abren una ventana para comprender cómo se forman los planetas en entornos extremos y servirán como referencia para futuras investigaciones.
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